domingo, 17 de mayo de 2009

Sobre el tiranicidio

En el pensamiento político occidental hay un tema al que se ha recurrido cada cierto tiempo, y no por pedantería intelectual, sino por la paralela recurrencia de un fenómeno que exige su reaparición: el tiranicidio. El gran dilema de la filosofía política es cómo justificar un acto tan inmoral como el asesinato, tan sólo porque ciertos individuos en las sociedades libres alcanzan condiciones concretas que pareciera que obligan a su eliminación. Es claro que aquí estoy hablando de los tiranos, y es claro, también, que el tema del tiranicidio siempre será recurrente en la medida en que los tiranos continúen apareciendo en la historia de nuestros pueblos. ¿Cómo podría justificarse de alguna manera un acto homicida sea cual fuere? ¿Puede el cristianismo tolerar un acto criminal sólo por ser la víctima un tirano? Santo Tomás de Aquino dio la respuesta cuando estableció que; “Aquél que mata a un tirano (i.e. un usurpador) para liberar a su país, es alabado y recompensado.”

Reflexionemos un poco sobre la naturaleza de la tiranía. Aristóteles establece como principio para diferenciar a los regímenes virtuosos de los regímenes corruptos sobre la relación que mantienen con el bien común. Si el gobierno actúa observando siempre que sus acciones preserven, defiendan y reproduzcan el bien común, pueden ser considerados como regímenes virtuosos. De esta manera el filósofo distingue a la Monarquía, a la Aristocracia y a la Democracia como los regímenes virtuosos. Cada una de estas formas tiene su correspondiente corrupto, cuyo principio no es la protección del bien común, pues a éste se le aparta, se le ignora y hasta se le destruye, y en su lugar el gobierno ejerce el poder para el beneficio particular y privado de los gobernantes. De esta manera la Aristocracia se convierte en Oligarquía, la Democracia se convierte en Oclocracia y la Monarquía se trastorna en Tiranía. Esto no quiere decir que para desembocar en una tiranía sea necesario vivir en monarquía; no son excluyentes y Aristóteles va a dejar claro que las combinaciones pueden ser variadas: es decir, de una democracia se puede degenerar en tiranía.

La segunda noción que se debe manejar para comprender la tiranía es el de usurpación. Para que pueda haber usurpación es necesario que exista un complejo de tradiciones normativas positivas y/o consuetudinarias que sirvan para reglamentar la vida política de una comunidad. Este complejo normativo se distingue por ser legítimo, en la medida en que las personas sometidas a él lo interpretan como justo o aceptable, y están dispuestos a obedecerlo voluntariamente sin necesidad del uso de la coacción. La usurpación es la apropiación del poder político de la comunidad rompiendo con este complejo normativo, bien sea en su totalidad, como hacen los dictadores a través de un golpe de Estado, o tan sólo en sus principios, como hacen los demagogos a través de la corrupción paulatina de las mismas instituciones. Todavía queda una cualidad indispensable para entender a la tiranía, y es que debe haber un tirano. Tiranía se distingue, entonces, por ser un régimen cuya acción política se orienta al beneficio de los gobernantes en detrimento del bien común, a la usurpación del complejo normativo legítimo y a que es encabezado por un líder personalista que representa el prototipo del tirano.

De estos principios vamos a deducir una premisa general: el régimen más injusto de todos es la tiranía, porque no sólo atenta contra la libertad de los ciudadanos de una república, sino que, además, al estar sujeta a los caprichos y pasiones de un individuo, la injusticia con que se puede ejercer el poder arbitrario es superior, ya que es claro que la determinación perversa de un individuo puede ser más fuerte que la de un grupo. El problema que planteo es; ¿cómo debemos entender el acto del tiranicidio? ¿Virtud o vicio? ¿Cómo debemos tratar con el tiranicida? ¿Héroe o delincuente? La respuesta no es clara, pero podemos abordarla desde varios puntos de vista. El primero es que el tiranicida a través de un solo acto criminal elimina a un criminal en masa que es el tirano. El segundo es que la necesidad de la libertad trasciende las condiciones morales del espíritu humano, y si bien el homicidio es un crimen moral imperdonable, el tiranicidio es un acto ético de heroísmo. Moralmente no se puede justificar, pero si hay algo que Maquiavelo descubrió es que la política y la moral son dos fenómenos separados con reglas diferentes y con consecuencias opuestas. Lo que es de la política es la ética, cuyos principios son coyunturales y no universales, cuya finalidad es el bienestar de la comunidad, no la salvación del individuo. Establezco categóricamente que el acto exitoso de asesinar a un tirano es digno de alabanza. La salvación del alma es un problema individual por el cual ni la comunidad ni la política, pueden hacer nada al respecto.

Distingo dos formas de tiranos comunes en nuestras sociedades de Occidente. El primero es el dictador, de naturaleza pretoriana, cuya usurpación es evidente por sí misma, ya que recurre al uso de las armas y de la violencia para hacerse con el poder sin escatimar (o al menos haciéndolo ineficazmente), sobre la fachada institucional de su régimen. El segundo es el demagogo, cuyo método es menos drástico, pero no menos eficaz, ya que no usurpa el poder legítimo a través de las armas, sino a través del discurso, que se convierte en su arma más poderosa para administrar otro tipo de violencia, ya no pretoriana, sino popular; y por su naturaleza discursiva, el demagogo logra la gran parte de las veces disfrazar la usurpación de su régimen frente al pueblo, adulándolo y engañándolo, para hacerle creer que le favorece, cuando en realidad lo esclaviza. Este debate no es de pequeña importancia, porque si de acciones se debe hablar, este es un tema que desde antiguo se ha debatido, y cuyas consecuencias para Venezuela discutiremos en la siguiente entrega.

Lysander.

domingo, 10 de mayo de 2009

El individualismo crónico II: soluciones y características

Todos los seres humanos somos individualistas en algún momento del día, de la semana o del mes. La idea no es erradicar el sentimiento individualista en nosotros, sino lograr disminuirlo. Esto no es una hazaña fácil y mucho menos expedita, y no podemos olvidar que el individualismo en las personas NUNCA se va a poder lograr disminuir de manera forzosa o impuesta. El principal elemento que nos puede ayudar a lograr una sociedad menos individualista es por su puesto la educación, sin embargo, existe otro método que es menos mencionado y el cual puede llegar a tener un peso igual e inclusive mayor que el de arriba. Me refiero al concepto de “dar el ejemplo”. Es asombroso como una acción que parece no ser dirigida a nadie, tiene tanto efecto sobre los demás. Por ejemplo, un padre puede jactarse de divulgar una retorica de responsabilidad, de disciplina, de trabajo, pero si el mismo no la práctica, sus palabras se desvanecen en el aire. Al contrario, es posible que un padre no ejerza una retorica fuerte sino que se dedique a vivir de una manera poca individualista, honesta, responsable, justa, y lo más probable es que sus hijos observen ésta manera de llevar la vida y la adopten. Es el mismo caso en la política, si un gobernante tiene un discurso agresivo, excluyente y amenazador, entonces sus seguidores van a convertirse en personas agresivas, excluyentes y amenazadoras. Yo creo que muchos no tenemos presente la influencia que puede tener sobre nosotros las acciones de una persona que admiramos, respetamos o inclusive rechazamos. Los padres tienen que dar el ejemplo, los profesores tienen que dar el ejemplo, los patrones tienen que dar el ejemplo y los dirigentes de cualquier índole tienen que dar el ejemplo.

La mejor forma de mermar el individualismo crónico en las personas, sería adoptando un retorica menos individualista así como dando el ejemplo de las acciones a seguir. Un individuo puede que tenga un cargo de ministro, viceministro o gobernador y necesita hacer un trámite, esa persona tiene que dar el ejemplo haciendo su trámite de manera transparente, legal y de igual forma como lo haría un don nadie. Todo político tiene que mantener presente que él va a ser el ejemplo de la sociedad y por lo tanto tiene que vivir su vida de una manera digna de ser seguida (imitada), independientemente de su nivel, cargo o poder. El que no tenga ésta capacidad, que no opte por un ser un líder.

Existen personas que utilizan la excusa del sistema, como barrera para salirse del rebaño y empezar a dar el ejemplo. Las personas verdaderamente menos individualistas logran ignorar el sistema y accionar a favor de la sociedad, independientemente de las amenazas, de los atentados o de las burlas. Puede que sean tentadas todos los días por sobornos, por privilegios o por beneficios y de igual forma mantienen la cordura y rechazan éstas tentaciones. Esas personas son las dignas a seguir.

Por las desigualdades dadas o naturales entre diferentes grupos sociales, es aceptable que las personas menos favorecidas puedan ejercer actitudes más individualistas. Con sus respectivos límites, por supuesto. En cambio, las personas que poseen privilegios, deberán dar ejemplos de acciones menos individualistas.

Lamentablemente en la sociedad venezolano esto no ocurre, las clases pudientes, es decir que la clase media y la clase alta son peores y más individualistas que las más humildes. ¿Por qué? Una persona humilde, generalmente es criada en un ambiente inseguro y de violencia, con carencias afectivas y educativas y privada de las oportunidades económicas que poseen las otras clases. Una persona de los estratos superiores – generalmente – es criada en un ambiente de amor y de cariño, asiste a todos los niveles de educación y posee la capacidad económica suficiente para gozar de la gran mayoría de los privilegios que ofrece la modernidad. Después de todo esto, la persona de las clases altas sigue siendo igual a la humilde, de manera que sólo busca su beneficio personal, sólo estudia para ganar beneficios y no por ofrecerlos y lo peor de todo es que se considera diferente al populacho. Entiendo que éstas son palabras fuertes y sé que no aplican a la totalidad de los casos, pero lo preocupante es que sí se notan en la mayoría de ellos. Existe una diferencia de forma, más no de fondo entre las clases venezolanas. Algunos se van de viaje a Higuerote y otros a Nueva York, unos comen con cubiertos de plata y otros con unos de plástico, unos aspiran poder comprarse un Fiat y otros un BMW. A pesar de toda la educación, la seguridad alimentaria, los beneficios y las oportunidades de las cuales han gozado la clase media y la clase alta, siguen siendo en su mayoría igual de individualistas que la clase humilde y por lo tanto son peores que la misma.

Por si pretenden tildarme de comunista, marxista, leninista, castrista o cualquiera de esos adjetivos ideológicos, sepan que como les expuse en mi artículo anterior: en lo absoluto considero que las mencionadas arriba son la solución para Venezuela, más bien me encuentro en contra de ellas y bastante en el centro del espectro político y promuevo y apoyo la empresa privada, la libertad más que la equidad, pero principalmente la democracia verdadera (de la cual hablare en un futuro artículo). Sin embargo, a pesar de pertenecer a la clase media, me doy cuenta que la misma no se diferencia de los menos privilegiados, la misma no piensa sino es sí misma y la misma únicamente lucha cuando sus beneficios se ven amenazados. No lucha para proteger los derechos de otros, para crearle privilegios. No se preocupa en estudiar qué es la democracia, en cómo debería funcionar o cómo podemos fortalecerla. Tendemos, al momento de escoger un gobernante, tomar en cuenta qué es lo que el mismo nos ofrece a nosotros. Lo correcto es preguntarnos qué es lo que ese candidato ofrece para la sociedad en su totalidad, para el Estado venezolano, así no nos beneficie a nosotros.

Para contrarrestar las palabras mencionadas arriba, que muchos las consideraran de carácter chocante y equivocas, a continuación me refiero a otro aspecto de la naturaleza humana y venezolana. En innumerable oportunidades, tendemos a menospreciar la capacidad o la potencialidad de los seres humanos, y más que todo de nosotros los venezolanos. Decimos que los ciudadanos de los países desarrollados son mejores que nosotros, son más inteligentes y más capaces, pero estas palabras no son ciertas. Bajo las circunstancias adecuadas los seres humanos y los venezolanos somos capaces de lograr cualquier objetivo y sobrepasar cualquier obstáculo (la historia no los ha demostrado). Los avances en las telecomunicaciones a nivel global, principalmente la internet nos permite estar igual de informados, de educados y de preparados que los demás ciudadanos del mundo, aprovechémosla. No es aceptable que pensemos que somos inferiores, que somos incapaces, que somos débiles. Demostremos lo contrario. ¡Si somos capaces! Eso sí, sin perseverancia no hay éxito, sin sufrimiento, sin obstáculos, sin sorpresas… no hay victoria verdadera.

La democracia perfecta no existe, no existe nada perfecto, pero siempre vamos a poder optar por la perfección, por intentar adquirir lo mejor posible y por poder mejorar lo que tenemos. Esto, no lo podemos olvidar.

Quizás yo no seré una persona como la que he intentado describir arriba, pero la tengo presente y siempre intento serla. Algún día lo lograré, y sino moriré intentándolo. Por más pequeño que sea el cambio, es un cambio y es válido, siempre es válido.

No existen soluciones mágicas. Rara vez la salida correcta va a ser rápida, corta y barata… o sin sufrimiento.

Ernesto Bello

Sin Virtudes Cívicas, los venezolanos no pudieron defender su Libertad.

Existen dos tipos de enemigos de la libertad en las repúblicas: las potencias extranjeras y los tiranos internos. Si entendemos la libertad como anteriormente la hemos discutido, es decir, no como licencia, sino en cuanto a una forma de vida particular que consiste en la participación activa en el ámbito público, entendemos que la libertad se hace efectiva a través del autogobierno. Es más, da lo mismo hablar de libertad que de autogobierno. La ausencia de autogobierno, ya bien sea producto de una dominación extraña o por la indiferencia de autogobernarse, significa necesariamente el fin de la libertad. De aquí que cuando una comunidad no tiene el privilegio de darse a sí misma su propio gobierno, podemos afirmar sin espacio a duda que no disfruta de libertad.

Ahora bien, como mencioné anteriormente, dos son las fuerzas que pueden privar a una comunidad de autogobierno; el primer caso es cuando la comunidad tiene que rendir cuentas de alguna manera ante una potencia extranjera o extraña a la comunidad, independientemente de los grados múltiples de dominación que esto acarree. El grado de dominación ejercido determinará el nivel de autonomía, pero la autonomía no es igual a libertad. Libertad es ausencia completa de dominación y capacidad plena de autogobierno. La autonomía hace referencia sólo al grado de sometimiento que se padezca, pero donde hay sometimiento o dominación, no hay libertad ni en el más mínimo de los grados. En palabras simples, como lo entendían los antiguos, ser libre es no tener dueño, no ser esclavo de nadie, es ser dueño de uno mismo, es autogobernarse.

El segundo enemigo de la libertad son los tiranos. Cuando un individuo o una facción se hacen con el control de la cosa pública, es decir, del gobierno, y lo administran a modo de propiedad privada, con la finalidad de saciar sus propios deseos, sin tomar en consideración el interés público, o sólo cuando hacerlo les convenga personalmente, esto equivaldría a un robo, sólo que el objeto robado no es propiedad de alguien, es decir, no es propiedad privada, sino que es robada la propiedad pública, es decir, lo que a todos pertenece por vivir en comunidad. Esto se llama usurpación, que no es más que el acto de la tiranía. Cuando una comunidad es objeto de la usurpación de un tirano, o un grupo de ellos, es equivalente a decir que una persona y su familia sean esclavizados por el vecino, precisamente porque aniquila la capacidad de autogobierno del sujeto. La diferencia recae sólo en que la naturaleza de la usurpación del tirano es pública y la del esclavista es privada; y se diferencia ésta forma de dominación de aquella ejercida por una potencia extranjera, en que ésta última es equivalente a ser esclavizado por un extranjero y no por un vecino.

La libertad del autogobierno no es, sin embargo, totalmente vulnerable a la potencia de los extranjeros y de los tiranos. La defensa de ésta libertad es lo que en la República se llama virtud cívica. Un ciudadano es virtuoso cuando el resultado de su accionar político es el fortalecimiento de la libertad de la comunidad. Sin embargo, como el gobierno, o la cosa pública, es propiedad de la comunidad y no de unos particulares, no depende de la virtud de algunos particulares el defender la libertad, sino de la virtud generalizada de los ciudadanos en su conjunto. De ser sólo pocos los ciudadanos con virtudes cívicas, la libertad de la República es débil frente a las amenazas previamente discutidas. Es por esto que las virtudes cívicas tienen que pertenecer a las costumbres más o menos afianzadas en la colectividad de los ciudadanos.

La república que se había difícilmente constituido en Venezuela a partir de 1959 pudo ser posible por la virtud de los líderes que la encabezaron, que con la fuerza de su ejemplo dieron confianza a los ciudadanos venezolanos, y en unión derrotaron a la tiranía. La defensa de la libertad de ésta república descansó por cuatro décadas en los hombros de los líderes políticos. En cambio, la sociedad, complacida por el éxito de la libertad sobre la tiranía de Marcos Pérez Jiménez, se relajó y se dedicó a crecer privadamente. Fueron los tiempos de mayor prosperidad del pueblo venezolano, precisamente por su capacidad para trabajar y enriquecerse. Sin embargo este crecimiento que era de tipo material, era políticamente muy débil, no por la corrupción del liderazgo político, sino por la carencia de virtudes cívicas de los ciudadanos. De haber estado los venezolanos involucrados con mayor rigor en la política de la república, las fuerzas corruptoras que asedian el alma de los líderes políticos habrían sido reducidas, al menos por una mayor cantidad de tiempo. Sin embargo esto no sucedió, y los ciudadanos complacidos con la paz, tranquilidad y prosperidad que les brindó la república, no pensaron en pagarle de vuelta con la vigilancia característica de las virtudes cívicas. El resultado fue la corrupción de las virtudes de los líderes que, apoyados en un sistema de partidos, debilitaron la libertad en nombre de intereses creados dentro del seno de esos mismos partidos. La estructura burocrática del Estado, como la de los partidos mayoritarios, obstruyeron los canales de participación política de los ciudadanos, y al avanzar este proceso de descomposición, tarde o temprano los venezolanos se dieron cuenta que era demasiado tarde. El daño estaba hecho, la libertad había sido reducida. De la frustración y el descontento producto de la corrupción de los líderes políticos y de las burocracias gubernamental y partidista, surge el llamado al cambio radical, a la destrucción de la presente estructura, y la apertura del camino hacia la tiranía.

Queda claro que cuando la gran masa de ciudadanos frustrados por el colapso de la libertad republicana, hace el llamado de cambio, el cual es atendido por la figura del líder carismático, supuestamente reformador, el riesgo de la tiranía se hace presente. Este engaño lleva al suicidio colectivo de una sociedad que, al carecer de virtudes cívicas, es incapaz de ver con claridad el modo adecuado de defender la libertad. Hugo Chávez no es más que la consecuencia de un proceso de decadencia de las instituciones republicanas, de la muerte de la libertad y de la incapacidad de los ciudadanos venezolanos de detener este proceso. ¿Por qué? Porque sólo se promovió el deseo individualista de enriquecimiento personal y nunca se les fue inculcado el valor indispensable de las virtudes cívicas.

Lysander.

domingo, 3 de mayo de 2009

Sobre las virtudes civilesy las consecuencias que ha traído para Venezuela el que sus ciudadanos carezcan de ellas

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Existen dos nociones de libertad que en la modernidad se han debatido ampliamente hasta el punto de que existen dos grandes corrientes de pensamiento que interpretan el problema al que nos referimos. La primera noción hace referencia a la capacidad que tiene la voluntad del individuo de realizarse con ausencia de impedimentos externos, sin importar el objeto al que se dirija dicha voluntad. Lo importante es que ésta se realice. De acuerdo con esta noción lo que hace libre al individuo es que no padezca de impedimentos para que la realización de su voluntad se lleve a cabo y es por eso que se la conoce comúnmente como libertad negativa (se es libre en la medida en que carezcas de impedimentos). De esta noción deducimos que el individuo puede ser libre bajo cualquier forma de gobierno posible, con tal de que la dominación ejercida por el gobierno no le plantee demasiadas trabas al ejercicio libre de la voluntad. Si seguimos en esta línea, los súbditos de una monarquía o de un régimen oligárquico son libres en la medida en la que sus gobernantes no interfieran en sus vidas privadas. La libertad no depende, entonces, de la naturaleza de la forma de gobierno, sino de la manera de ejercer el poder por parte del gobierno, sea como fuere.


Además de ésta noción tan difundida, existe otra cuyas connotaciones son completamente diferentes. Esta segunda noción parte del principio que el individuo es libre cuando vive en una comunidad de ciudadanos libres e iguales. ¿Qué significa esto? Que es una comunidad que se autogobierna sin interferencia de comunidades extranjeras, y que internamente todos los ciudadanos tienen los mismos derechos, por lo cual no hay individuo o grupo de individuos que gocen de privilegios que sometan al resto de la comunidad. Para que ésta libertad sea posible, para que el individuo goce de una vida plena en una comunidad que se autogobierne y esté libre de la dominación que representan las potencias extranjeras y los usurpadores internos, esto requiere por parte del individuo ciertas aptitudes. La primera de estas aptitudes es el compromiso del individuo de defender ésta libertad que es común a todos por igual, y que al ser tal, no se puede fragmentar entre las libertades de cada uno, sino que existe como una unión orgánica de la libertad de todos. ¿En qué consiste esta defensa? Pues, evidentemente, en participar en política. Esta participación a su vez se puede dividir en dos formas: la primera es respetar y hacer respetar las leyes, porque de ésta forma estamos ratificando y haciendo cumplir la norma que nos iguala a todos, que suprime la dominación característica de la desigualdad, y nos hace libres a todos por igual. La segunda es a través de la participación en la formulación y aprobación de las leyes, actividad que, al ser realizada por todos, asegura una constante vigilancia y protección de la legalidad en contra de los potenciales usurpadores. Esta noción de libertad, completamente opuesta a la anterior, sólo se puede disfrutar en formas de gobierno republicanas.


La primera conclusión a la que podemos llegar de todo esto es que la primera noción de libertad es completamente individualista, y como tal se ejerce en el disfrute de una vida privada asegurada. Mientras tanto nuestra segunda noción de libertad es de carácter comunitario, ya que el individuo la disfruta en la medida en que es disfrutada a su vez por sus demás conciudadanos, y por ende es una libertad pública, opuesta a la anterior que es meramente privada. Ahora estas dos nociones no necesariamente son excluyentes. Sin embargo vamos a notar que a veces las necesidades de una requieren del sacrificio de la otra. Lamentablemente éste no es tema del artículo actual y podrá ser abordado en uno futuro luego de llegar a las conclusiones requeridas por el presente.


De todo lo dicho anteriormente podemos avanzar sobre el siguiente punto: cuando se vive en república, existe un compromiso activo por parte del individuo ciudadano hacia el bien común (cuyo primero de los bienes es la libertad). Véase como un pago o una retribución que el individuo ofrece a la comunidad por el privilegio de vivir en una comunidad de hombres libres e iguales. De todas formas lo que importa es que nuestra libertad republicana es de carácter positivo, es decir, que requiere de la participación activa del ciudadano en los debates, acontecimientos y acciones de carácter público. En términos generales esta aptitud para la vida pública es la raíz de las virtudes civiles. Sin ellas la libertad se queda sin guardianes ni protectores, y aunque por sí misma pueda sobrevivir por un tiempo, la historia nos enseña como, al ser dejada a su propia suerte, es presa de los vicios de hombres indignos y de la vanagloria de potencias extranjeras, de donde surge necesariamente la usurpación y la dominación.


El propósito de mi desarrollo de ésta base conceptual es explicar cómo la pérdida o la nulidad de las virtudes civiles en las costumbres más esenciales del venezolano, han traído como consecuencia la pérdida de la libertad y de la república. Se ha discutido sobre el individualismo crónico que padece el venezolano, sobre su preferencia para hacer las cosas a su manera, esquivando los procedimientos legales si así le conviene. Este tipo de licencia característica de una mentalidad individualista y egoísta en extremo es compatible con la primera noción de libertad que nosotros desarrollamos en este artículo. Aquélla libertad cuyo principio es la no restricción de la voluntad individual, llevada a sus máximas consecuencias, es la guerra de todos contra todos. Por ende, para preservar la libertad, hay que regularla a través de la ley. Y si la ley es la que defiende la libertad al regularla, ¿no podemos decir, más bien, que ella es el origen de la verdadera libertad y que la noción primera que nos lleva a un estado de guerra de todos contra todos es un equívoco? Porque la guerra de todos contra todos es la libertad absoluta, en la que se incluye la libertad de someter al débil por parte del más fuerte. Ahora, es contradictorio decir que una noción nazca de su contrario absoluto, es decir, que la libertad nazca de la dominación. Es completamente contradictorio decir que la libertad de uno es mayor en la medida en que pueda oprimir a otro, en una suerte de juego suma cero. La libertad no puede nacer de la dominación; por ende, la libertad negativa es una gran equivocación. La libertad nace de la Ley, al ser ésta la garante de la libertad de todos. Y el ejercicio de la libertad es la defensa activa de dicha ley. Nuevamente volvemos a caer en las virtudes civiles, aptitudes de las que ha carecido el venezolano en las últimas décadas de su gobierno republicano, y que permitieron el surgimiento de un fenómeno político usurpador que nos ha privado de toda verdadera libertad.


El fenómeno de Chávez tiene una particularidad bien interesante. Nos priva cada día más de nuestras libertades públicas, las destruye, pero a la vez logra el apoyo popular a través de concederle al pueblo licencia casi total. De ello que Chávez esté destruyendo las libertades públicas de los venezolanos en la medida en que nos concede esas libertades que sólo enaltecen el individualismo crónico. El régimen usurpador concede libertad negativa sin restricciones, estimulando el vicio más arraigado del venezolano: su individualismo crónico, como medio para acabar por completo con sus libertades públicas. Dentro de nuestro propio contexto nacional, las libertades negativa y republicana si son opuestas, contexto en el que un régimen usurpador utiliza la libertad negativa extrema, la licencia, como medio para aniquilar toda posibilidad de libertades reales: las libertades públicas expresadas a través de los derechos civiles. De esto hablaremos mejor en un futuro artículo.

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Lysander

Individualismo crónico


Ningún hombre es malo o bueno, sino más o menos individualista. La presencia significativa de este individualismo ha introducido entre los hombres la tendencia a pensar que cometemos acciones planificadas para perjudicar a otros, pero en la mayoría de los casos no es así. Más bien es la falta de conocimiento sobre los demás, lo que hace que las acciones de uno perjudiquen a otro.

Ser individualista no es necesariamente un aspecto negativo del ser humano, el mismo incentiva la creatividad, la producción y la independencia del individuo. El problema surge al notar que la sociedad venezolana padece de individualismo crónico. Este adjetivo se le aplica al individualismo que empuja a las personas a tomar decisiones únicamente en beneficio de sí mismos, de sus familias y de sus amigos (no leyeron mal, el simple hecho de velar por los intereses de tus seres queridos no te hace menos individualista). Cuando uno actúa sólo pensando en el grupo reducido de personas que lo rodean, es muy posible que terceros terminen perjudicados, es decir, estas acciones tienen repercusiones destructivas y caóticas para la sociedad y por consecuencia para el Estado venezolano. Al referirme a la sociedad venezolana, incluyo a aquellos adeptos al gobierno actual, a los opositores, a los adinerados, a los menos privilegiados y por supuesto a la clase media venezolana. En otras palabras, la gran mayoría de la sociedad venezolana practica el individualismo crónico.

En conjunto los seres humanos logran mucho más de lo que lograría cada uno por separado, es por esto que el hombre decidió vivir en comunidad, creando así los conceptos de sociedad y política. Los hombres lograron desarrollar mecanismos para mantener el orden, pero no para establecer un ambiente de armonía. Para poder vivir en un Estado democrático, no sólo se necesita un Estado fuerte que evite conflictos entre los ciudadanos, sino también un sentimiento menos individualista por parte de los mismos, que favorezca la convivencia, la honestidad y la transparencia en la sociedad.

Por si todavía no estan claros en cómo una persona menos individualista debe actuar, es importante tener en mente los siguientes puntos. Si yo cometo una acción y sé que la misma tiene la posibilidad por más remota que sea de perjudicar a alguien, entonces esa acción es una acción individualista. Si yo cometo una acción y no estoy seguro o no sé si afecta negativamente a alguien, entonces también estoy siendo individualista por no saber cómo mis acciones repercuten sobre los demás. Sin embargo, es crucial aclarar que existen excepciones al individualismo, por ejemplo, cuando un juez le otorga - de manera justa - una sentencia a un individuo que haya cometido un delito, ese no es un acto de individualismo, sino más bien favorece a la sociedad, debido a que reprende a aquellos que pretenden perturbar el sano orden social.

Seguramente muchos de ustedes ven estas palabras con recelo debido a sus semejanzas con la teoría socialista. Están equivocados. Yo no pido que los venezolanos practiquen actos constantes de caridad, no pido que los venezolanos pudientes regalen sus bienes a los necesitados y no considero que la propiedad privada sea mala; al contrario más bien la considero uno de los aspectos más importantes para el progreso y el desarrollo de un país. Sin embargo, existen actos que nosotros mismos los venezolanos hacemos con frecuencia y que tienden a ser sumamente individualistas y altamente perjudiciales para los demás pero especialmente para la sociedad como un todo. Cada vez que nos comemos una luz con nuestro automóvil aumentamos la posibilidad de que ocurra un accidente con alguien que sí respeta las señales de tránsito, y a la vez debilitamos la credibilidad que tienen estas normas. Cada vez que nos coleamos en una fila, perjudicamos a los demás y al mismo tiempo fomentamos que el resto de las personas tampoco respeten el orden. Cada vez que por medio de nuestro amiguismo, contactos o billetera nos facilitamos un trámite, perjudicamos a los que no tienen sino la opción de hacer las cosas de la manera correcta, pero peor aún, reducimos la eficiencia del proceso y disminuimos la confianza hacia el mismo. Simplemente es suficiente con no perjudicar a la sociedad, no violar las leyes (por más simple que sean, como las leyes de tránsito), no aprovecharse de los vacíos legales o dárselas de “vivo” para gozar de beneficios que no nos tocan y no practicar la envidia destructiva que nos hace querer eliminar la competencia, en vez de aprender de ella. Estas y muchísimas más acciones destrozan los cimientos y la amalgama de una convivencia armoniosa, de una democracia o de cualquier sistema de gobierno favorable.

Les dejo estas palabras para que reflexionen, retrocedan y hagan memoria de los actos que han cometido en el último año, mes o día que han sido individualistas y perjudiciales para alguien más, principalmente si era un desconocido o una persona que no es de su agrado. Espero para la próxima semana poder escribir y profundizar más sobre la epidemia individualista que sufre la sociedad venezolana.

Ernesto Bello

Publicación # 1

En breve, la Sociedad de Autores Independientes (SAI) es una publicación semanal. Intentamos ser distintos a una agencia de noticias y más bien nos acercamos a lo que sería una revista de opinión. No obstante, es posible que en momentos seamos una mezcla entre las dos. Nos proponemos ser críticos a los acontecimientos nacionales, sin embargo, es nuestra preocupación por la situación de retroceso que padece el país, la que nos impulsa a lanzar SAI y a ubicarnos en contra del actual gobierno.

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